Hoy siendo consciente
de que poseemos diferentes grados de conciencia, esto sin hacer de nosotros
seres que carecemos de luz, vamos a tomar como ejemplo las estaciones, así como
hemos de notar en el ambiente, donde hoy es primavera, mañana verano, dentro de
unas semanas otoño y dentro de unos meses invierno. Cada estación es importante
y cumple un ciclo necesario, también es cierto que no todos tenemos los mismos
grados de conciencia, al igual que tampoco todas las estaciones están en cada
región, siempre es importante hacer caso a nuestro espíritu de movernos de
fluir como el agua, de tomar el ejemplo de nuestros ancestros, los nómadas. La
finalidad de este cambio que permitimos al cuerpo al movernos es alimentar con
nuestro grado de luz la tierra nutrirla de nuestra energía, mejor dicho, por
Residente en su canción, El suelo sonríe. cada vez que tu caminas. Ayudándome
de la inteligencia artificial, solicito una historia de las estaciones y
realizo la pregunta de qué fue lo que inspiro, obteniendo como respuesta de
Bing “Me inspiré en la idea de que las estaciones son como personas, con
personalidades y emociones diferentes. También me inspiré en el mensaje de que
la diversidad es una riqueza, y que debemos apreciar y respetar las diferencias
de los demás.” Me surge la necesidad de citar a
Microsoft Bing con dicha historia.
Bing
Aquí está mi historia sobre las estaciones:
La primavera era una niña alegre y curiosa que le
encantaba explorar el mundo. Le gustaba ver cómo las flores brotaban, los
pájaros cantaban y los animales jugaban. Siempre llevaba un vestido de colores
y una corona de margaritas en el pelo.
El verano era un chico aventurero y valiente que le
encantaba viajar y conocer lugares nuevos. Le gustaba sentir el sol en la piel,
el viento en el cabello y el agua en los pies. Siempre llevaba una camiseta de
rayas y unas gafas de sol.
El otoño era una chica tranquila y creativa que le
encantaba leer y escribir. Le gustaba ver cómo las hojas cambiaban de color, el
cielo se llenaba de nubes y las frutas maduraban. Siempre llevaba un suéter de
lana y un sombrero de fieltro.
El invierno era un chico serio y sabio que le
encantaba estudiar y aprender. Le gustaba ver cómo la nieve cubría la tierra,
las estrellas brillaban en la noche y el fuego calentaba el hogar. Siempre
llevaba un abrigo de plumas y una bufanda de algodón.
Los cuatro eran hermanos y se querían mucho, pero
también tenían sus diferencias. A veces discutían por quién tenía más derecho a
estar en el mundo, quién era más divertido o quién hacía más falta.
Un día, decidieron hacer una apuesta: cada uno
tendría un año entero para demostrar que su estación era la mejor. El que
consiguiera convencer a los demás, sería el ganador.
Así empezó la competencia entre las estaciones, que
duró cuatro años. Cada uno hizo lo posible por mostrar lo mejor de sí mismo,
pero también lo peor de los demás.
La primavera llenó el mundo de vida y belleza, pero
también de alergias y lluvias. El verano llenó el mundo de luz y calor, pero
también de sequía e incendios. El otoño llenó el mundo de color y sabor, pero
también de melancolía y frío. El invierno llenó el mundo de paz y silencio,
pero también de oscuridad y soledad.
Al final del cuarto año, los cuatro se reunieron
para decidir quién había ganado la apuesta. Pero se dieron cuenta de que
ninguno había logrado convencer a los demás, sino todo lo contrario: se habían
cansado de su propia estación y habían empezado a extrañar las otras.
Entonces comprendieron que habían cometido un
error: las cuatro estaciones eran necesarias e importantes, cada una con sus
virtudes y defectos. Y que lo mejor era compartir el mundo, no competir por él.
Así que decidieron hacer las paces y repartirse el
año en partes iguales, respetando el ciclo natural de la naturaleza. Y desde
entonces, las estaciones viven en armonía, ofreciendo al mundo lo mejor de sí
mismas.

